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LA SAGA DE ROCKY: LUCES Y SOMBRAS DEL PERFECTO HÉROE AMERICANO

ROCKY III, Sylvester Stallone, 1982, ©MGM/UA/courtesy Everett Collection
Acumulando grandes dosis de prestigio, gracias a su reciente papel en “Creed”, Sylvester Stallone acaba de cerrar su propio circulo, justo 40 años después de que Rocky Balboa, el personaje que le lanzara a la fama, y por el que pocos saben que fue nominado a mejor guión original y mejor actor en 1976, haya visto el que posiblemente suponga su penúltimo capítulo, fabricado como vehículo de transición hacia un nuevo amanecer de la franquicia.
Cuatro décadas dan para mucho, un total de siete películas, que nos disponemos a analizar, no sin antes situaros en un contexto necesario, que ayude a explicar un poco el origen de un éxito, que trasciende la propia ficción, convirtiendo su figura en todo un icono que no reduce su presencia a lo meramente cinematográfico.
 
Corría el año 1975, un joven aspirante a actor, que apenas contaba en su curriculum con una breve aparición en “Bananas” (1971), segunda película del maestro Woody Allen, y un papel protagonista previo en un film erótico/pornográfico titulado “The Party at Kitty and Stud’s” (1970), en la que el ‘Potro Italiano’, apodo utilizado en el film para su personaje, ese Stud al que alude el título, mostraba sus encantos mas primitivos, sin sospechar que en apenas unos años, la denominación pasaría a formar parte de una leyenda bastante más luminosa, o al menos, apta para todos los públicos.
Apenas dos años antes del estreno de Rocky, Sylvester Gardenzio Stallone era un aspirante a actor y guionista, que malvivía en Hollywood, pasando incluso, y según palabras textuales, graves y hambrientas penurias financieras, mientras intentaba sin éxito colocar algún texto propio a las productoras, y ganar algo de dinero como secundario en televisión.
Todo cambió una noche de marzo de 1975, en la que, por pura casualidad, Stallone se encontraba ante la caja tonta, viendo la retransmisión del combate de boxeo de los pesos pesados entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, este último un casi completo desconocido en el circuito, al que acudía como semi-profesional ” a tiempo parcial”, y por el que las apuestas no auguraban que fuera a aguantar más de tres o cuatro asaltos.
Cuando el sonido de la campana daba comienzo al decimoquinto asalto, el guionista que llevaba dentro Stallone no podía estar más impresionado, ante la oportunidad de crear un personaje similar al de  Wepner, un tipo sencillo y de apariencia bonachona, al que se da la oportunidad de conseguir el campeonato de los pesados, y pese a la enorme desventaja, estar a punto de conseguirlo.
Tan entusiasmado estaba con la idea, que a Stallone apenas le llevo tres días escribir el guión, y tras presentarlo a su agente, la idea llegó a manos de los productores Irwin Winkler y Robert Chartoff, que ofrecieron 75.000 $ por los derechos, pensando en usar la historia para un actor consolidado, algo a lo que el joven aspirante se negó en rotundo, exigiendo interpretarla él mismo, cuando la cifra ascendió a 265.000 $, y Stallone la rechazó, ambos aceptaron que solo podrían hacerla con su tozudo creador al frente del reparto, y convencieron a La United Artist – comprada más tarde por la MGM – para que confiara en tan arriesgada producción. El resto, ya pertenece a uno de los capítulos más sorprendentes en los anales del cine americano.
ROCKY (1976)
 
Desde la primera escena, introducida con enorme efectividad gracias a las notas estridentes de Bill Conti, convertidas hoy, por derecho propio, en himno deportivo, el director John G. Avildsen, por entonces despedido y sustituido del proyecto que luego acabaría siendo “Fiebre del Sábado Noche” (1977), llegó casi de rebote a la silla de mando de un film, que le permitía expresar un estilo basado en la lucha por perseguir un sueño frente a toda adversidad, fórmula que más tarde explotaría de nuevo con la trilogía de “Karate Kid”, y con la que supo rápidamente congeniar con un Sylvester Stallone, que aceptó trabajar en muchas escenas que ni tan siquiera aparecían en el guión original, o que requerían de una nivel de intensidad mayor.
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Así, el Rocky original es un convincente drama deportivo, que pasa muy de puntillas por el espectáculo boxístico, más preocupado por mostrar el convulso aspecto emocional de unos personajes marginales, condenados a sobrevivir en la parte baja de una ciudad de Philadelphia, que solamente luce sus mejores galas urbanas en intempestivos madrugones solitarios de su protagonista, incluida la ingesta de huevos crudos, en esa carrera escaleras arriba y contrarreloj, por llegar preparado al combate de su vida.
Otro de los grandes aciertos de la producción, reside en la elección de un reparto de buenos actores secundarios, destinados, cada uno en su parcela, y con la suficiente presencia en el film, a esbozar un relato convincente, que alarga y garantiza la sombra de su participación en el futuro de la saga.
Un buen trabajo técnico, controlado con habilidad desde la dirección, y expresado con un montaje eficaz, apoyado en la mencionada música de Bill Conti, presente siempre en los mejores momentos del film, configuran un trabajo llamado a estrechar un vínculo de extrema complicidad con el respetable, para el que este modesto matarife zurdo, que golpea la carne en un frigorífico industrial, mientras intenta conquistar el amor de la tímida chica del barrio, supone casi un viaje romántico con ese vecino que todos solemos tener, que no ha tenido mucha suerte en la vida, y con el que resulta muy fácil empatizar.
Rocky fue la sorprendente triunfadora en la ceremonia de Los Oscar que premiaba los mejores trabajos de 1976, alzándose con las estatuillas a mejor película, mejor director, y mejor montaje, de un total de 10 nominaciones, que incluían los de mejor actor y guión original para Stallone, así como el de mejor actriz para Talia Shire, y dos en la categoría de reparto para Burguess Meredith y Burt Young. Un triunfo popular que dejó a muchos con la boca abierta, sobre todo si tenemos en cuenta que competía con trabajos de la talla de “Network”, de Sidney Lumet,  “Todos los Hombres del Presidente”, de Alan J. Pakula, la gran favorita, y “Taxi Driver”, del maestro Martin Scorsese, maldecida meses antes con la prestigiosa Palma de Oro del Festival de Cannes.
ROCKY II (1979)
 
Con el viento totalmente a favor, y permitiéndose incluso el lujo de participar en alguna producción sólida como ‘F.I.S.T. Símbolo de Fuerza’ (1978), Sylvester Stallone apenas tarda 3 años en poner en marcha una secuela para el personaje de Rocky Balboa, sabedor que su nueva posición de privilegio, le permitía reclamar cualquier exigencia a los productores.
Es así como el bueno de Sly, apodo con el que se le conoce en el mundillo cinematográfico, se pone tras la cámara, en un decisión algo arriesgada, en la que demuestra enormes dosis de ambición, sobre todo si tenemos en cuenta su escasa experiencia para tales menesteres, del que consigue salir airoso con el apoyo de John G. Avildsen, realizador de la cinta original, muy presente en todo el proceso de producción, así como con la irrenunciable partitura de Bill Conti, piedra angular sobre la que cimentar tan deseado regreso.
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Como continuación, Rocky II se muestra inferior a la cinta original, intenta sostener el aliento dramático de aquella, pero dulcifica el tono y la agresividad, recurriendo incluso a momentos de excesivo romanticismo, mal llevados y sin sentido del ridículo, algo muy peligroso en un género tan propenso a caer en la cursilería, factor que consigue esquivar gracias a que mantiene la implicación de los actores de la primera entrega, y la inestimable complicidad de un público que reclamaba un final que borrara de un plumazo esa sensación agridulce de derrota del combate original.
Precisamente, y buscando acallar algunas voces críticas con respecto a la limitada duración de aquel primer enfrentamiento, Stallone alarga el metraje de esta nueva confrontación, recurriendo a la épica, y magnificando todos los aspectos que engrandecieron la figura de Rocky, decisión facilona y efectiva a partes iguales, que en el fondo, garantiza el futuro de lo que pronto será una saga, definida, con todo lo que ello conlleva, como un producto genuinamente americano.
LOS 6 PERSONAJES FUNDAMENTALES DE LA SAGA
 
– Sylvester Stallone es Rocky: pocas veces se ha cumplido, con tanta contundencia, eso a lo que suelen llamar “El Sueño Americano”, y del que resulta difícil separar al actor del personaje, un inmigrante de origen italiano que malvive esperando su oportunidad, hasta que un puñetazo certero, ese que todos aspiran alcanzar, se materializan en un éxito arrollador de la noche a la mañana. Su Rocky es un ser noble, acostumbrado a recibir los golpes que da la vida, pero cuando sube al ring se transforma, canalizando toda esa agresividad en intermitentes y demoledoras embestidas de furia, destinadas a llevar al límite máximo los baremos del entusiasmo de toda una generación. Aparece, como no podía ser menos, en las siete entregas rodadas hasta la fecha.
– Burgess Meredith es Mickey: Tan severo como entrañable, aporta experiencia como veterano actor del Hollywood clásico, al principio trata mal al que pronto será su pupilo, porque no aprueba su relación con Gazzo, el mafioso extorsionador con el que Rocky se gana la vida en los muelles como cobrador, pero cuando surge la opción del título, este antiguo fajador ve su última oportunidad de tocar la gloria que le negaron en su juventud, y acude a reclamar el perdón del protagonista, convirtiéndose así en su manager, que en muchas ocasiones, ejerce casi como una figura paternal. Su entrenamiento contempla cordeles en brazos y piernas, para mejorar el uso del brazo derecho, – Rocky es zurdo – y el equilibrio, así como un mítico ejercicio de “atrapa la gallina”, con el que se mejora la velocidad. Aparece en las tres primeras películas de La Saga, y fugazmente en la quinta entrega.
– Carl Weathers es Apollo Creed: El perfecto campeón de boxeo afroamericano, fanfarrón, y con un juego de piernas tan rápido, que cuando Rocky necesite reinventarse, acudirá a su consejo para afrontar un reto en extremo complicado. Antes de eso, dos combates al límite de la igualdad, y un tercero a puerta cerrada, en el que apenas vemos un memorable puñetazo cruzado que no llega a impactar, y del que justo ahora hemos conocido el resultado, escenifican una relación de a amor/odio que evoluciona de forma natural por las arterias de La Saga, hasta el punto en el que la semilla ilegítima de Apollo, constituye en la actualidad el futuro de la marca Rocky. Aparece en las cuatro primeras entregas.
– Talia Shire es Adrian: La hermana de Francis Ford Coppola ya había dejado buenas dosis de su talento en los tres Padrinos, pero supo reinventarse y ganarse el papel de esposa sufrida, que al igual que las mencionadas obras magnas, evoluciona de una frágil timidez a un contundente carácter, como figura de necesario convencimiento ante los peores temores de Rocky, que siempre busca su comprensión en las horas más bajas. Aparece en las cinco primeras entregas.
– Burt Young es Paulie: ¿Quién no ha escuchado aquello de “Eres más flojo que el cuñado de Rocky”?, su presencia es molesta, y transita desde la agresividad a lo cómplice sin ningún termino medio, forjando un soporte impagable, que sujeta y equilibra la bondad del protagonista, condenado a aguantar sus golpes de borracho pendenciero con el mayor de los  estoicismos. Aparece en seis entregas de La Saga.
– Tony Burton es Tony Duke: Hace apenas unos días, el pasado 25 de febrero, fallecía a los 78 años el que siempre será recordado como entrenador de Apollo Creed, e incluso del propio Rocky, una vez alcanzado el meridiano de La Saga, cuando comienza a destacar con una variedad de entrenamientos que se ajustan muy bien a la edad y al tipo de rival que requiere Balboa. Al igual que Paulie, aparece en seis entregas.
 
 
LOS 80: LA ERA REAGAN Y EL CINE DE ACCIÓN
 
La llegada de la década prodigiosa coincide con el cambio de inquilino presidencial en la Casa Blanca, un Ronald Reagan que pese a ser republicano, se muestra entusiasmado con el cine de acción más extremo, como antiguo actor de Serie B de los años 50, dispuesto a permitir cualquier exceso, siempre y cuando se respete de fondo la apología a los valores más conservadores.
 
Bajo tan deseado caldo de cultivo, las nuevas entregas de Rocky son recibidas por la administración Reagan con los brazos abiertos, al igual que el otro personaje estrella de Sylvester Stallone, el veterano soldado John Rambo, del que el presidente americano se declara ferviente seguidor.
 
 
ROCKY III (1982)
 
Convertido en flamante campeón de los pesos pesados, al bueno de Rocky hay que buscarle nuevos retos, que igualmente consigan retrotraer, dentro de lo posible, y considerando el estar ya ante una tercera entrega, el espíritu de lo que por entonces formaba, con este capítulo, una trilogía, cuya nueva marcada intención, pasaba por convertir en aliado a Apollo Creed, como esperanza ante un mal mayor, que amenaza con romper la linea épica y honorable de ambos contendientes.
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Stallone, nuevamente posicionado como guionista y realizador, comienza su particular masacre con los personajes primegenios, en una búsqueda efectista por atraer a un sector del público, al que le importa muy poco pagar el peaje de un evidente descenso en la calidad, que sacrifica un estilo de narrativa clásico en favor del puro espectáculo, al tiempo que coquetea peligrosamente con un montaje cercano al videoclip, tan de moda a lo largo de la década de los ochenta.
Entre los elementos a favor, se encuentra la presencia impagable de un villano a la altura de Clubber Lang, al que da vida Mr. T, también la recordada mamarrachada con Hulk Hogan en ese híbrido de combate de boxeo y lucha libre, y como no, la omnipresente partitura de Bill Conti, apoyada en poderosos reflejos dorados en el ojo de un tigre, y en una mítica carrera entre Rocky y Apollo, a caballo entre “Getting Strong Now” y el “Gonna Fly Now”, temas musicales hermanos, que básicamente, presenta el primero como un arreglo sofisticado del segundo, sintonía casi calcada a la original, que corona una escena muy recordada, en la que los peldaños son sustituidos por la arena, al borde de la orilla de una playa de Los Ángeles.
 
ROCKY IV (1985)
 
Como un tren desbocado y sin frenos, y seguramente, muy influenciado por la moda y el auge del cine comercial en los 80, Sly inflige un soberano directo a la mandíbula de un personaje algo tocado ya tras la tercera entrega, para construir la que, curiosamente, es la entrega más querida de toda la saga, pese a su carácter en extremo anabolizado, que apenas deja ya lugar a consideraciones dramáticas convincentes, ni tan siquiera, cuando otro de sus estandartes es aniquilado, en favor de una temática que ya solo parece contemplar la venganza entre sus objetivos.
Sin casi ninguna necesidad por mostrarse cinematográficamente riguroso, Stallone se entrega a una forma de argumentación aún más básica que la mostrada hasta ahora como guionista y realizador, busca formas distendidas muy erróneas, casi vergonzantes, al tiempo que transforma aquel mencionado coqueteo con el montaje del capitulo anterior, en un video musical de pleno derecho, torpemente ensamblado, y alejado de toda la excelencia pretérita de la que el personaje podía hacer gala.
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Todo ello, siempre y cuando se analice esta cuarta entrega de una forma fría y cerebral, porque basta con recurrir a la épica figura de Ivan Drago, con el físico y el rostro esculpido en piedra de Dolph Lundgren, villano por excelencia para muchos de los mejores aficionados de Rocky Balboa, en ese combate entre los defensa de un método de entrenamiento natural, frente a la hipermusculación química de laboratorio, que lleva al héroe americano a Moscú, cuando La Guerra Fría era todavía un asunto palpable, separando a los dos bloques ideológicos a ambos márgenes de un inquebrantable telón de acero.
La fe mueve montañas, las mismas que hace falta escalar, esquivando la extrema dureza climática, y los escoltas gubernamentales, y a base de puñetazos, se puede derribar incluso El Muro del Berlín, una escena que podría haber resultado incluso más creíble, que encontrar al pueblo soviético aclamando a su nuevo ídolo, enfundado en una túnica de barras y estrellas, mientras pronuncia un discurso político unificador más propio de un crío de secundaria, que provoca el aplauso sincero de Mikhail Gorbachev y toda la cúpula del partido comunista al unísono, pura ciencia ficción.
 
LA MÚSICA FUNDAMENTAL DE ROCKY
GONNA FLY NOW compuesta por Bill Conti, luce en el entrenamiento por las calles de Philadelphia de la primera entrega, y domina toda La Saga, con ligeras modificaciones, que apenas alteran el contenido. Obtuvo una nominación al Oscar como mejor canción en 1976.
GETTING STRONG NOW, suena en ROCKY III como variación de Gonna Fly Now, inolvidable en esa carrera por la playa entre Rocky y Apollo, con chapuzón fraternal incluido.
EYE OF THE TIGER también de ROCKY III, compuesta por el grupo estadounidense de rock duro SURVIVOR, la curiosidad es que Stallone quería usar algún tema de Queen, pero no consiguió llegar a un acuerdo por los derechos. Suena durante el video montaje inicial que muestra las defensas del título por parte de Balboa, mientras Clubber asciende en el escalafón, hasta la posición de primer aspirante del campeón.
NO EASY WAY OUT de Robert Tepper, tras la muerte de Apollo, contempla los peores momentos y las dudas de Rocky, y BURNING HEART también de SURVIVOR, compuesta para el duro entrenamiento en la nieve rusa, donde se traza ese paralelismo entre un estilo natural, el de Balboa, contra el sistema artificial empleado para convertir a Ivan Drago en un monstruo de gimnasio anatomizado.
 
ROCKY V (1990)
 
Con lo gimnasios de medio mundo utilizando a Survivor para motivar los entrenamientos de sus abonados, prueba del enorme éxito de las aventuras de Rocky en tierras rusas,  Silvester Stallone recurre a un extraño e incomprensible giro de autor, consistente en intentar evocar las esencias de la cinta original, volviendo a contar con John G. Avildsen como realizador, en un quinto título considerado por muchos, y no sin falta de razón, como la peor entrega de todas las rodadas hasta la fecha.
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Recuperando el aspecto marginal de aquella primera obra, y tras arruinar la formidable fortuna de Rocky, culpando a Paulie claro está, Stallone se embarca en una cruzada argumental excesivamente prematura, en la que pretende tomar las riendas como entrenador del futuro campeón de los pesos pesados, mientras intenta que esto no afecte a la relación con su hijo adolescente, al tiempo que recuerda con nostalgia sus momentos como púgil estrella, que incluyen una fugaz y entrañable aparición de Mickey, bien aderezada con el tema sonoro más sensible de Bill Conti, presente en toda La Saga.
 
No subir al ring al personaje, sustituyendo la clásica velada por una taciturna pelea de barrio, es el principal handicap de una film que se queda muy alejado de todas sus intenciones, consiguiendo que incluso sea preferible recurrir a la sombra de la cuarta entrega, que al menos ofrece la emoción y el entretenimiento deseado por prácticamente toda una legión de fans, que apenas pueden perdonar el soberano aburrimiento que supone tan desafortunado reencuentro de Balboa, con unas raíces emocionales que suenan ya lejanas, forzadas, y más bien ajenas.
 
 
 
ROCKY EN EL NUEVO MILENIO: CAMINO DE PERPETUAR LA SAGA
 
En pleno proceso de rehabilitación nostálgica, que contempla a toda una generación ya adulta, nacida en la órbita de los 80, Stallone se decide a desempolvar a Rocky Balboa del baúl de los recuerdos, apoyado al mismo tiempo, por la necesidad de héroes que reclama el pueblo americano, tras la nefasta caída de las Torres Gemelas de Nueva York a principios de siglo.
Tras el fiasco de la quinta entrega, y con una distancia de dieciséis años, tiempo más que suficiente para madurar errores, Sly ejecuta primera parte de un plan, que casi acto seguido, traerá a John Rambo (2008) de vuelta a la gran pantalla, con un aspecto envejecido y facialmente maltratado por el botox, pero realmente deslumbrante y pleno de energía en su exposición.
 
ROCKY BALBOA (2006)
 
Puede que el Stallone de antaño fuera un creador torpe, pero también es indiscutible que la experiencia aporta cierta clase, y tras muchos años como guionista y realizador, los resultados, sin ser excepcionales, lucen convincentes, justificando el regreso de Rocky al cuadrilátero cinematográfico.
La veteranía de Sly, al servicio de una historia que recorre los lugares comunes de La Saga, recuperando a personajes testimoniales de la primera entrega, como “Spider” Rico, primer rival de Balboa, o Marie, la chica malhablada que le manda a hacer puñetas tras intentar convencerla para que no vaya por el camino incorrecto de la vida, confiriendo a ambos un rol de mayor protagonismo, mientras conserva el sabor clásico con la presencia de Duke y de Paulie, así como de su hijo ya adulto, caracteres todos destinados a suplir la ausencia de Adrian, fallecida en la ficción, y recordada aquí en algunos momentos dramáticos impregnados de nostalgia.
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Pese a tener que soportar ciertos defectos de forma adquiridos, el poder volver a disfrutar de un entrenamiento del eterno campeón, con la inestimable partitura de Bill Conti, y de un combate en el ring, permiten a Sly devolver al público justo aquello que más se echaba en falta en aquella desafortunada quinta entrega.
Como curiosidad, la cinta emula aquella sorprendente corona de los pesados conseguida por George Foreman a los 46 años, curiosamente contra Tommy “Ametralladora” Morrison, el odioso rival de Rocky V, papel que le lanzó a la fama, y le permitió en parte llegar a ser campeón en la vida real, mientras que la leyenda de Foreman, el boxeador más veterano en lograr el codiciado cinturón, siguió creciendo mientras peleaba pasada la cincuentena, lo que justifica sobradamente la edad de Rocky en este sexto encuentro.
 
CREED: LA LEYENDA DE ROCKY (2015)
 
Sylvester Stallone capitula, y entrega el timón de la franquicia a un nuevo realizador. Este sería, indudablemente, el titular perfecto para definir la que, hasta la fecha, supone la séptima y última entrega de las hazañas de Rocky Balboa en la gran pantalla.
Por primera vez, Sly no participa en las labores creativas de la producción, dejando el guión y la dirección en manos de Ryan Coogler, un poco conocido realizador independiente, que añade a la ecuación el protagonismo de Michael B. Jordan, actor con el que ya había trabajado previamente, y que da vida a Adonis Johnson, hijo ilegítimo de Apollo Creed, destinado a soportar bajo sus hombros el futuro de una nueva vía, dentro del collage boxístico más famoso de toda la historia del celuloide.
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En el aspecto argumental, Coogler asume pocos riesgos, y recurre a un estilo narrativo previsible, que al igual que el film anterior, se muestra absolutamente deudor de la obra original, solo que en este caso, todo el peso dramático recae sobra la figura de un Sylvester Stallone sobrado de credibilidad, tirando de esa mencionada experiencia que le asiste desde que entro a formar parte del club del jubilado, tras algo más de cuatro décadas jugando a ser autor, y en parte, haciendo justicia al propio personaje de Rocky, impasible ante los obstáculos y la falta de ese talento natural que asiste a otros, avanzando frente a la lluvia de golpes de la siempre implacable crítica profesional, que justamente ahora, le reconoce tan meritorio esfuerzo.
Por último, señalar la buena mano en el montaje, bien expresado en el clásico entrenamiento previo a los combates, y sobre todo, a la hora de mostrar esos asaltos en el cuadrilátero de forma muy realista, presentados en formato de evento televisivo, y rodados con estilizados planos secuencia, lo que sirve para sostener el más que probable entusiasmo de los más acérrimos defensores de La Saga, al tiempo que compromete la asistencia de las nuevas generaciones, esas que probablemente, acudirán a desenterrar la leyenda a la que alude el título, asegurando el futuro del producto en años venideros.
 
DESPEDIDA: LAS ESCALERAS DEL MUSEO, UNA ESTATUA, Y EL SALÓN DE LA FAMA
Pocas veces, un personaje cinematográfico ha atravesado de manera tan contundente la pantalla, más allá de su propia existencia en la ficción. En diciembre de 2010, Sylvester Stallone ingresó con Rocky en el Salón de la Fama del Boxeo, junto a dos leyendas de de la talla de Mike Tyson y Julio César Chávez, campeones del peso pesado y ligero respectivamente.
Todo un honor, de carácter simbólico, que reconoce la contribución del personaje a la expansión mundial de un deporte, que nunca ha estado exento de polémica, definido por muchos como un espectáculo de barbarie, al que una épica tan contagiosa, le viene de perlas para defender su propia existencia.
Y hablando de símbolos, era inevitable dejar para la conclusión, el escenario más destacado y visitado del universo de Rocky Balboa, los escalones frontales del Museo de Arte de Philadelphia, que constituyen y recorren, de una manera más que presencial, la columna vertebral de toda La Saga. Como reconocimiento, y a pesar de ser originario de Nueva York, Stallone fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad, y precisamente en ese recinto, se conserva la famosa estatua de bronce, construida a principios de los 80 para la tercera entrega.
Una figura muy viajera, que ha recorrido varios emplazamientos a lo largo de los años, situada inicialmente en la parte superior, se trasladó al Spectrum de Philadelphia, escenario original de los combates de Rocky, para acabar finalmente ocupando un pedestal a la derecha del museo, al pie de los escalones, lugar en el que actualmente se puede inmortalizar tan deseada instantánea.
“No importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que eres cuando te golpean” (Rocky)
Por Antonio Alcaide.

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