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EL WESTERN: RECORRIDO HISTÓRICO Y DUELO FINAL ENTRE CINE CLÁSICO Y MODERNO (VII)

VOLUMEN II: EL OCASO CONTEMPORÁNEO, RESURGIR ACTUAL, Y DUELO FINAL parte 3

Un buen amigo de Redford, Paul Newman, recurre a la figura del mítico juez Roy Bean, para calzarse sus botas y su Biblia en EL JUEZ DE LA HORCA (1972), una cinta paródica, remake de “El Forastero” de William Wyler, de la que ya nos ocupamos en el Volumen I, dirigida por el maestro John Huston, que ahonda en la extravagante personalidad de un sujeto, cuyo método y formas entendemos que solo eran posibles en el salvaje oeste. Magnífica composición de Maurice Jarre, perfecta para crear esa ensoñación alrededor del personaje de Lili Langtry, aquí con el rostro eterno de Ava Gardner, paradigma de la belleza sin fisuras, dando vida a esa artista de la época por la que el Juez Bean suspira casi a cada instante del film.

bigtmp_1808Casi como una premonición, y recogiendo el testigo con apenas dos años de diferencia con el testamento de Leone, Clint Eastwood, el último clásico vivo, y a la postre, quinto y también último maestro del género, debuta en el Western con INFIERNO DE COBARDES (1973), que redunda en esa figura, ya convertida en toda una marca de estilo, en la que un pistolero oscuro, de dudoso pasado, interpretado como no, por el propio realizador, es contratado por los dueños de una compañía minera para que proteja una ciudad, en la que el Sherif acaba de ser asesinado. Aún resultando evidente, que aún le quedaba un largo camino a Eastwood para pulir su estilo hacia cotas de calidad más altas, también resulta innegable que ya se aprecian en sus imágenes y argumento, muchas de las constantes que luego harán eternos, a los mejores títulos de una filmografía sembrada de grandes trabajos de autor.

A mediados de los setenta, los grandes estudios pierden el interés por el género, instalados ya esa corriente de realismo que Hollywood asume como necesaria, lo que supondrá casi la desaparición del Western, expresada en detalles, como la simbólica despedida de John Wayne con EL ÚLTIMO PISTOLERO (1976), de Donald Siegel, film testamentario que recurre incluso a imágenes de archivo de sus mejores películas. La búsqueda de la épica final por parte de Siegel, en el que al mismo tiempo, también supone el último trabajo del actor para el cine, bien acompañado por James Stewart y Lauren Bacall, así como la banda sonora de Elmer Bernstein, hacen de la cinta todo un regalo de pura nostalgia, que ningún aficionado al género, sobre todo en su vertiente más clásica, debería obviar.

Cabalgando en solitario, y casi contracorriente de esos grandes estudios, Clint Eastwood insiste con EL FUERA DE LA LEY (1976), retrato secesionista de venganza, que aún sin alcanzar los mejores niveles de calidad, mantiene el tono y avanza un estilo muy particular, que visto hoy, configura una declaración de intenciones como realizador que da gusto rastrear, con el aliciente siempre añadido de verle además como protagonista absoluto y omnipresente.

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La llegada de los 80 apena contempla al western, entre sus múltiples formas de entretenimiento, el apoyo del público va más bien destinado a otro tipo de géneros, cercanos a la fantasía, que son los que en realidad completan, casi en su totalidad, la oferta de las multisalas, y ni tan siquiera el cine más serio, lo acoge como necesario, mucho menos cuando la más fastuosa de las producciones, muy del gusto de la década, es recibida con extrema frialdad y desinterés, provocando incluso la quiebra de la United Artist, fundada en 1919 por Charlie Chaplin y Douglas Fairbanks entre otros, que es absorbida por la Metro-Goldwyn-Mayer tras el estreno, y posterior hundimiento comercial, de LA PUERTA DEL CIELO (1980), ambicioso proyecto, escrito y dirigido por Michael Cimino, considerada la película más cara filmada hasta la fecha, cuyo gasto alcanzó los 35 millones de dólares, logrando una recaudación que apenas sumó unos 3 millones, hecho que en parte ha borrado el legado de una obra que contiene, a lo largo de sus casi cuatro horas de duración, algún que otro momento memorable, insertado en un argumento demasiado profundo para el momento de su estreno.

Con un comienzo atípico para un Western, situado en una graduación universitaria de la elite intelectual americana de finales del Siglo XIX, el film avanza por un sendero tan abrupto como necesario, en el que se expone la brutal aniquilación de inmigrantes europeos, por parte de los terratenientes latifundistas, verdaderos propietarios de una tierra que no pertenece a ningún bando realmente. De los apartados técnicos, destaca la excelente fotografía, casi color sepia, de Vilmos Zsigmond, que atrapa toda la melancolía de un relato de claroscuros, muy bien interpretado por Kris Kristofferson, Christopher Walken, John Hurt, e Isabelle Huppert, entre otros, configurando el alma de un trabajo injustamente menospreciado y olvidado, que desgraciadamente, hundió la carrera de un realizador sumamente prometedor.

Bastante más fortuna encuentra Water Hill, otro pertinaz llanero solitario, cabalgando en esa mencionada contracorriente, que supone el peor momento histórico para el Cine del Oeste, con FORAJIDOS DE LEYENDA, también de 1980, con la que redunda en la mítica figura de los James, Frank y Jesse, y su banda de facinerosos, convirtiendo el propio concepto del film en algo profundamente fraternal, no en vano, son cuatro tríos o parejas de hermanos actores, los que configuran su peculiar reparto, de Los Carradine, David/Keith/Robert, a los Keach, Stacy y James, que además ejercen como guionistas, pasando por los Quaid, Randy y Dennis, y por los Guest, Christopher y Nicholas, consiguiendo, como se suele decir, que todo quede en familia. Del resto, se encarga un realizador muy hábil, que supo dar al público lo que exigía, dotando a las escenas de acción de una espectacularidad muy característica, que en el fondo, revela el secreto que le permitió, como veremos en breve, seguir incidiendo en el género hasta bien entrada la década de los noventa.

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Saltamos, por una pronunciada falta de títulos, hasta 1985, año en el que Clint Eastwood estrena EL JINETE PÁLIDO, complejo trabajo de autor, perfecto antecedente de lo que esta por venir a principios de los 90, con esa insuperable obra maestra que supone “Sin Perdón”, con la que comparte un poderoso sello desmitificador, que en ningún caso renuncia a ensalzar la épica y el profundo sentimiento de amor hacia el género de su incomparable realizador.

Retrato oscuro, en el que resuena un eco de homenaje hacia “Raíces Profundas”, compuesto por Eastwood con profundo conocimiento de causa, y un enfoque propio, delimitado por la declarada influencia de Sergio Leone y Donald Siegel, de los que recoge riesgo y sobriedad a partes iguales, en la búsqueda de alcanzar un estilo muy depurado, que tiene en la figura de ese fantasmagórico predicador, al que da vida el propio realizador, la mejor baza con la que poder insuflar un aliento helado a la clásica historia de heroísmo, en la que un grupo de mineros, exprimidos por el acoso de un poderoso terrateniente, dueño del resto de explotaciones, encuentran, en el reflejo de este misterioso forastero, la redención física y moral con la que hacer frente a tan manifiesta injusticia.

18463177También de 1985, es SILVERADO, escrita y dirigida por Lawrence Kasdan, entretenido film, que recurre a un buen número de clichés del género, sin más intención que el puro placer de complacer el interés que aún mantienen unos pocos realizadores, expresado en la complicidad de un reparto plagado de rostros conocidos, entre que los que destacan Kevin Kline, Scott Glenn, Linda Hunt, Danny Glover, y un joven Kevin Costner, así como Brian Dennehy, que compone, desde su omnipresencia física, un interesante villano. En los apartados técnicos, destaca la magnífica banda sonora de Bruce Broughton, insertada en un trabajo que aún estando lejos de la consideración de memorable, se las arregla para construir un digno homenaje a la época dorada del Western.

YOUNG GUNS II, Kiefer Sutherland, Emilio Estevez, (in back) Lou Diamond Phillips, 1990

YOUNG GUNS II, Kiefer Sutherland, Emilio Estevez, (in back) Lou Diamond Phillips, 1990

Claramente influenciada por el espíritu de los 80, en su vertiente más comercial, se presenta ARMA JOVEN (1988), de Christopher Cain, cinta que redunda en la figura de Billy El Niño, recurriendo de manera ficticia, a sus primeros años, en un intento por mejorar su imagen como forajido, justificando su rebeldía y acercando su discurso al terreno de la amistad fraternal, bien expresada en su relación con ese grupo de compañeros reguladores que lo acompañan. Un reparto de juguetes rotos, encabezado por Emilio Estévez, que da vida a Billy, secundado por su hermano Charlie Sheen, Lou Diamond Philips, Dermot Mulroney y Kiefer Sutherland, el único que encontró un verdadero acomodo financiero años más tarde, gracias al formato televisivo. Completan  Jack Palance y Terence Stamp, el punto de veteranía al servicio de un título que gozó de un éxito excesivo, por encima de su modesta contribución al género, hasta el punto de generar una secuela, INTREPIDOS FORAJIDOS (1990), de Geoff Murphy, que continúa las aventuras del grupo por Nuevo México, básicamente con los mismos actores, a los que se añade Christian Slater, en sustitución del hueco dejado por Charlie Sheen, y el mismo tono de escasa calidad que su predecesora.

De Kevin Costner, ya como protagonista, en el que supone además su debut tras la cámara, es BAILANDO CON LOBOS (1990), preciosista y sobrevalorado trabajo, que pretende redimir al pueblo indio, restaurando su legado a través de una historia muy bienintencionada , en la que un militar secesionista, entra en contacto con la tribu de los Sioux, estableciendo una relación de amistad y respeto. Excelente partitura de John Barry, y  buen trabajo técnico para una cinta de grandes paisajes, excesivamente contemplativa y algo aburrida, que a pesar de todo, y más por su carácter conciliador que por su valor fílmico,  obtuvo nada menos que siete Oscar, entre los que se incluyen los de mejor película y director.

Con una pronunciada y palpable crisis de títulos, que arrastra algo más de una década, el triunfo de Costner, anima un tanto la producción del Western en los 90, y aún siendo la peor de la trilogía, REGRESO AL FUTURO III (1990), de Robert Zemeckis, que continúa y finiquita las aventuras de Marty McFly y Doc, los viajeros del tiempo más queridos por el público, también aporta su granito de arena, añadiendo un componente nostálgico que devuelve parcialmente el interés por el género a los grandes estudios, justo antes de que el último clásico vivo, anticipe un casi definitorio punto final a la propia esencia del Cine del Oeste.

SIN PERDÓN (1992)*****************************

unforgiven-171307979-largeCon la clara vocación de borrar de un plumazo, el mínimo rastro de romanticismo que aún quedara intacto en el Western, David Webb Peoples, excelente guionista contracorriente, moldea un relato fabricado para completar la desmitificación de un género, al que golpea de forma indiscriminada en un momento, el de la década de los 90, preparado para soportar con cierto pesimismo formal, discursos de tal envergadura.

A dicho espacio, se asoma Clint Eastwood, ese último clásico vivo, con toda seguridad, el único realizador capaz de poner punto y final a la leyenda, sin renunciar en ningún instante, a la épica y la sobriedad requeridas, alcanzado un punto de equilibrio magistral, marcado por el contraste de tan particular origen argumental.

Un trabajo cuyo orden crepuscular, ya no rinde pleitesía a ninguna corriente externa, Eastwood se la dedica a Donald Siegel y Sergio Leone, sus dos principales referentes, pero impregna la película de una autenticidad propia, elevando su figura hasta esa certeza incuestionable, en la que aparece como el único director legitimado para acometer tal empresa.

Como parte indivisible del éxito, se encuentra un reparto que raya en lo sobresaliente, y en el que destacan Morgan Freeman o Richard Harris, sujetando el protagonismo del propio Eastwood, observadores todos de lujo, de ese estadio de perfección que representa Gene Hackman, prodigioso en la piel de Little Bill, el reflejo más nítido que contiene la cinta, respecto a esos personajes en peligro de extinción, devorados por el progreso, que ya apenas dejan lugar a puntuales estallidos de violencia, más propios de una antigua y moribunda época salvaje.

Por último, la sutileza de los acabados, expresado en la partitura minimalista de Lennie Niehaus, habitual del realizador, actúa, junto a un montaje y una puesta en escena impecables, como vibrante motor de un esfuerzo de contención narrativa, que nunca altera la fuerza natural de sus escenas más memorables, muchas de ellas apoyadas en diálogos apoteósicos, escritos para forjar su propia leyenda, esa que adquiere una dimensión de grandeza incontestable en la parte final, forjando una conclusión inolvidable, que magnifica por completo todas las decisiones adquiridas, antes y durante la concepción del propio film.

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