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EL WESTERN: RECORRIDO HISTÓRICO Y DUELO FINAL ENTRE CINE CLÁSICO Y MODERNO (V)

EL WESTERN: RECORRIDO HISTÓRICO Y DUELO FINAL ENTRE CINE CLÁSICO Y MODERNO

 

VOLUMEN II: EL OCASO CONTEMPORÁNEO, RESURGIR ACTUAL, Y DUELO FINAL Parte 1

 

Todo cambio supone un drama, como ya adelantábamos en el volumen anterior, y quizás consciente de su condición de género primigenio, El Western experimenta, de manos de un nuevo grupo de realizadores, una ruptura con el Hollywood más clásico, que se produce unos años antes de que el proceso sea total e irreversible, a principios de la década de los setenta del siglo pasado.

Un exceso en la producción, cuyo reflejo domestico, a través de infinidad de series y producciones de baja calidad, han contribuido a saturar el Cine del Oeste, hasta un punto en el que el espectador, siempre soberano, ha comenzado a perder interés en  favor de otro tipo de obras más veraces, cercanas a una realidad más palpable, conscientes de ese germen que representa un movimiento Hippie florecido, y cada vez más enraizado, en el mástil del hasta entonces conservador estandarte de barras y estrellas.

 

EL OCASO DEL WESTERN EN EL CINE CONTEMPORÁNEO

 

Comienza el concepto crepuscular y nostálgico, el cual viene de perlas a determinados autores para expresar el inconformismo, insertado siempre en un código de máxima seriedad y devoción, a ciertas normas innatas e irrenunciables dentro del cine del oeste, que siempre contempla un margen bastante permeable a la hora de asumir acabados dramáticos de mayor contundencia.

Pese a todo, los cambios se van a producir, en algunos casos, de forma lenta y gradual, y solo verdaderos innovadores como el maestro Sam Peckimpah, van a aprovechar la coyuntura para introducir nuevos conceptos, a través de títulos como COMPAÑEROS MORTALES (1961), su debut tras la cámara, DUELO EN LA ALTA SIERRA (1962), memorable e intenso enfrentamiento por la custodia de un cargamento de oro entre Randolph Scott y Joel McCrea, y MAYOR DUNDEE (1964), ya con estrellas de la talla de Charlton Heston, Richard Harris o James Coburn, al servicio de una historia secesionista, que comienza a promover esa violencia explicita tan del gusto del realizador. Todos ellos representan un adecuado banco de pruebas, sobre el que introducir un discurso más pesimista, que a la postre, será el sello inconfundible de uno de los cinco grandes maestros del género.

Mientras, otros clásicos de la dirección, agotan su último cartucho en producciones como UNA TROMPETA LEJANA (1964) de Raoul Walsh, su despedida del cine, menospreciada en su día, quizá por no contener un reparto de estrellas, y valorada hoy El-gran-combate (6)como un interesante melodrama, no exento de acción, en el que la música del mítico Max Steiner, en su penúltima composición, completa ese aspecto veterano e iconoclasta de un film realmente logrado. También de 1964, es EL GRAN COMBATE (1964), de John Ford, otro adiós a las armas, basado en hechos reales, y muy reivindicativo con el pueblo indio Cheyenne, que por primera vez en la filmografía del maestro, sitúa a los indios como protagonistas, condenados a huir de la caballería, glorificada antaño, pero aquí envilecida para intentar borrar esa imagen racista con la que muchos tacharon a tan incomparable autor. Brillante reparto, encabezado por Richard Widmark, acompañado de James Stewart, Karl Malden, Edward G. Robinson, y Arthur Kennedy, al servicio de un film de casi tres horas de duración, que mantiene el buen tono y las formas de tan incomparable artesano.

Justo entonces, y casi como algo escrito en el destino de esas notables despedidas, aparece la sombra apabullante de un aliado inesperado para el género, en su variante moderna, formada a caballo entre Italia, tomando prestado por el camino un joven actor en alza del Hollywood televisivo, y culminando el cóctel en nuestro querido paisaje almeriense, surge, de manos de Sergio Leone, el cuarto As de lo que hasta el momento forma un póker de directores perfecto, completo curiosamente, en apenas unos años, con el mencionado interprete, la esencia pura de lo que a partir de entonces, será conocido como Spaghetti Western.

Como anécdota, Leone debió responder ante el japonés Akira Kurosawa por plagio, al tomar prestado el argumento de “Yojimbo” (1961), las aventuras de un samurái que sobrevive como soldado de fortuna, aprovechando la rivalidad de dos bandas, que se rifan sus servicios al descubrir su enorme habilidad con las armas. Otra buena muestra de la importancia del maestro nipón en el género, como fuente inagotable de inspiración para grandes realizadores.

Estábamos hablando, claro está, de POR UN PUÑADO DE DÓLARES (1964), primer trabajo de un tríptico conocido como “La Trilogía del Dólar”, que reúne todas las claves de este subgénero menor y necesario del Western, como vertiente fronteriza, deslucida, portadora de un extraño sello, que se torna estéticamente sucio a la vez que narrativamente bizarro, culminado con una serie de primeros planos obsesivos y sudorosos, llamados a mostrar la psicología de los personajes de una manera nunca vista hasta entonces en el género. Del resto se encarga el protagonismo de Clint Eastwood, poncho incluido, naciendo como estrella, enfrentado a un Gian Maria Volonté eléctrico, y por encima de todo, la genial partitura del maestro Ennio Morricone, presto a completar una fórmula perfecta e irrepetible, destinada a inscribir, con letras doradas, su triunfal paso por el cine del oeste.

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Con el éxito bajo el brazo, y casi sin solución de continuidad, Leone estrena al año siguiente LA MUERTE TENÍA UN PRECIO (1965), planteada en realidad como una secuela en toda regla de aquel puñado de dólares, no en vano su título original es “Per qualche dollaro in più”, el film mantiene todas las constantes del trabajo anterior, solo que dinamizando, gracias a un mayor presupuesto, las andanzas de ese hombre sin nombre con el rostro y las formas de Clint Eastwood, personaje frío, movido por la codicia, que rompe totalmente con el molde heroico de los pistoleros del Hollywood dorado.

Repite como villano Gian Maria Volonté, y se añade la inmortal figura de Lee Van Cleef, pieza clave de la trilogía, aquí como cazarrecompensas aliado, portador de un oscuro deseo de venganza, que se ha de resolver a tres bandas en un desolado circulo de piedra, escenario perfecto sobre el que dilucidar, con el abrasador sol del desierto almeriense como testigo, y la incomparable sintonía del maestro Morricone, el drama psicológico de unos personajes en extremo torturados, cuya única razón de ser parece ya vivir en constante peligro de muerte, como bálsamo con el que poder obviar, en la medida de lo posible, la obsesión por un pasado que los persigue de forma incesante.

Sabedor del inminente regreso de Clint Eastwood a Norteamérica, Leone precipita el capítulo final de su “Trilogía del Dólar”, la cual plantea como una precuela, que igualmente mantiene las constantes de sus hermanas mayores, con lo cual, y teniendo en cuenta de que hablamos, al menos para quien os escribe, de la mejor de todas, vamos a exponer sus virtudes a través de las típicas diez razones, que de una forma más gráfica, justifican su presencia entre los clásicos inmortales del género.

 

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO (1966)*********************

 

– Porque no solo estamos ante un Western brillante, en su propia esencia, que contempla episodios secesionistas, se entreteje un brillante film de aventuras, con la implacable persecución de un cajón de monedas de oro incluido, como elemento fundamental en esa fusión de géneros que representa, y que evoca la grandeza de aquel Tesoro de Sierra Madre, del que ya nos hicimos eco en el Primer Volumen.ac734-leone5

– Por la presentación de los personajes, sobre todo la del Coronel Sentencia, un villano épico, al que da vida con sobrada maldad un Lee Van Cleef en estado de gracia.

– Porque  “El Manco” Eastwood, llamado así por resolver todo con la izquierda y usar la derecha solo para disparar, hace a un lado su extrema frialdad posterior, para mostrar un poco de humanidad en sus formas, eso si, sin abandonar nunca su sello personal, que incluye la evolución de su carácter,  entre los que se incluyen detalles como el hallazgo del legendario poncho.

– Por el uso de un sonido propio, mencionado aquí, como pudo hacerse en cualquier cinta de la trilogía, elemento técnico que presenta una musicalidad característica, dentro de una serie de recursos, que en fondo configuran el acabado del mejor Spaghetti Western, creando una marca de estilo imitada hasta la saciedad.

– Por el juego de la horca, omnipresente durante todo el desarrollo argumental del film, nunca una soga dio tanto juego en un film del oeste.

– Por la crudeza del Desierto de Tabernas, tan hermoso como desolador, pieza clave, presentado siempre bajo un sol de justicia, como un Dios mudo e invisible que representa una más que extrema amenaza, sobre los personajes que se reúnen bajo su cegadora presencia.

– Por Eli Wallach, el feo de ese trío de ases, perfecto como sinvergüenza de pocos escrúpulos, que al mismo tiempo, añade una nota entrañable y de humor, fabricando una notable complicidad con “El Rubio” Eastwood, y por ende, con el propio el espectador, como supuesto añadido secundario, que en realidad acaba apoderándose, con su particular carisma, del protagonismo del film.

el bueno, el feo y el malo cartel– Porque desde el alarido desquiciado, el maestro Ennio Morricone nos regala otra banda sonora inigualable, insertada en la memoria colectiva de todo aficionado al género que se precie.

– Por ese duelo tenso en el circulo empedrado anexo al cementerio, la contención elevada a un punto máximo de tensión, con una puesta en escena impecable, y una consecución de planos insuperables, la convierten en un desenlace sobrado de epicidad.

– Porque Sergio Leone, que para los que no lo sepan, apenas cerró con siete películas su filmografía, se supera a si mismo, quizá no estemos ante un título tan bizarro como los anteriores, pero su dinamismo y su pasión son verdaderamente contagiosos, lo que permite al film alcanzar un nivel máximo de calidad.

La aceptación de este tipo de coproducciones hispano-italianas, dan como resultado tal cantidad de Spaghetti Westerns, casi todos de ínfima calidad, para los que casi haría falta un artículo para ser fiel a dicho subgénero. Quizá si habría que señalar, por su alcance en la época actual, DJANGO (1966), dirigida por Sergio Corbucci, y protagonizada por Franco Nero, un film homenajeado años más tarde por Quentin Tarantino en películas como “Reservoir Dogs” (1992), en la que directamente utiliza la famosa escena de la oreja cercenada, y por supuesto en “Django Desencadenado” (2012), de la que nos ocuparemos en la recta final de este volumen, y donde, más allá del título, e infinidad de detalles, el propio Nero hace un breve cameo.

Mientras, el cine americano asume la reconversión del género a través de realizadores como Richard Brooks, que con LOS PROFESIONALES (1966), se apodera, con un magnífico reparto, que incluye a Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan, Jack Palance y Claudia Cardinale, de ese discurso nostálgico y pesimista que se funde a la perfección en un trabajo plagado de escenas de acción, que en ningún caso renuncia a unos diálogos brillantes, insertados en la clásica historia fronteriza, en la que unos mercenarios deben rescatar a la esposa de un rico tejano, secuestrada por un revolucionario mexicano.

Pese a ello, la recta final de los 60, deja un más que notable esfuerzo, por parte de dos grandes realizadores del género, por mantener la gloria pasada en pleno ocaso, y para ello, nada mejor que recurrir a la figura de un John Wayne veterano, aún con la suficiente presencia física y oficio, para atraer al público a las salas. Bajo esa realidad, y de manos de Henry Hathaway, se estrena LOS CUATRO HIJOS DE KATIE ELDER(1965), con “El Duke” Wayne y Dean Martin como protagonistas mas destacados de esos cuatro hermanos a los que alude el título, reunidos de inicio para el entierro de su madre, donde descubrirán  que deben unir fuerzas para recuperar el honor perdido de sus progenitores. Un trabajo sobrio, muy en la linea de su habilidoso director, que cuenta con la siempre virtuosa partitura de Elmer Bernstein. En 1969, y con una linea argumental y estética muy similares, Hathaway presenta VALOR DE LEY, film que supone el reconocimiento de La Academia para John Wayne, que con su papel de Rooster Cogburn, agente del gobierno borrachín, a la caza del asesino del padre de una valerosa jovencita, obtuvo el  único Oscar de su carrera al mejor actor.

El otro clásico en activo en esta recta final, es el gran Howard Hawks, que utilizando la fórmula maestra de “Río Bravo”, se homenajea a si mismo con EL DORADO (1967), y con RÍO LOBO (1970), que además cierra su cauce antológico, iniciada con “Río Rojo”, todas ellas con John Wayne de protagonista, e incidiendo en el consabido relato de defensa, frente a un número superior de elementos hostiles, o bien recurriendo al argumento de venganzas y rivalidades, otro de los temas preferidos de tan genial realizador.

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Impulsado por el monumental éxito de su “Trilogía del Dólar”, Sergio Leone ejecuta su penúltima gran obra, considerada por muchos expertos la sentencia final del Spaghetti Western, con HASTA QUE LLEGÓ SU HORA (1968), título emblemático, – el original es “Érase una vez en El Oeste” – rodado en Arizona, cuna de muchas de las mejores cintas del género, en la que el director italiano alarga la particular figura del “Hombre sin Nombre”, interpretado aquí por un Charles Bronson muy parco en palabras, poseedor de un oscuro secreto que desemboca en pura sed de venganza, contra el líder de una banda de malhechores, al que da vida un sorprendente, y muy convincente Henry Fonda, en la piel de un villano muy atípico para la carrera de un actor, cuya filmografía esta plagada de individuos honrados y siempre bienintencionados.

Completan una bellísima Claudia Cardinale, cuya piel brilla bajo ese manto de sudor carnívoro, aquí transformado en puro erotismo, con el que Leone envuelve a sus personajes, y Jason Robards, impecable como bandido de buen corazón, insertados en una historia cuyo guión fue compuesto por el propio realizador, en colaboración con unos por entonces desconocidos Dario Argento y Bernardo Bertolucci, destinados a engrandecer la epicidad de un relato, que vuelve a contar, armónica incluida, con la soberbia partitura del maestro Ennio Morricone, perfecta para impregnar las casi tres horas de metraje.

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