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Crítica de “Hasta el último hombre”, el regreso de Mel Gibson como director.

Es curioso como unas simples declaraciones, pronunciadas en estado ebrio, pueden cambiar el rumbo de una carrera, hasta el punto de estigmatizar a su responsable y apartarle de la primera línea de fuego, en la desde siempre hipócrita industria norteamericana.

Por suerte, la figura del productor ejecutivo, del que se pueden contar varias docenas en los títulos finales, salen al rescate de un director de la talla de Mel Gibson, un tipo auténtico, que pese a contar con una filmografía más bien escasa, ha sabido funcionar como consuelo para al alma del viejo cinéfilo, gracias a un estilo contundente, que sabe respetar el aliento clásico, y mostrarse al mismo tiempo infectado de una épica feroz, de esas que se quedan grabadas a fuego en el subconsciente colectivo.

Fiel a sus principios, Gibson escoge una historia real, como lienzo sobre el que desarrollar su particulares obsesiones, entre las que destaca su gusto por las escenas de acción, terreno que domina a la perfección, tras haberlo ejercitado desde su rol de estrella del género durante años.

Tres guionistas, ente los que se encuentra Randall Wallace, con quién el realizador ya colaboró en Braveheart, al servicio del mismo número de actos, muy bien diferenciados, y que transitan del costumbrismo del principio, algo aletargado, al período de instrucción, más dinámico aunque poco original, para concluir en la parte bélica, justo el punto donde Gibson desata su clásica orgía de sangre, y el film adquiere momentos de gran cine, por mucho que el desarollo narrativo muestre cierta inconsistencia emocional, en ese desequilibrio que se plantea entre el pacifismo, y el placer culpable que supone vibrar con un ejercicio de estilo dominado por lo brutal y lo salvaje.

De justicia es señalar el buen trabajo de Andrew Garfield como protagonista, no es fácil sacudirse las telarañas de críticas que empañaron en parte sus inicios, para ponerse en la piel de Desmond Doss, el joven médico militar al que da vida con convicción y firmeza, bien acompañado Teresa Palmer, que confirma su candidatura a nueva diosa en el Olimpo Hollywoodiense, y por actores veteranos como Vince Vaughn, o Hugo Weaving, siempre ideales para roles secundarios.

Por último, y con la esperanza de no estar ante la última bala en el cargador del Gibson realizador, queda bastante claro que, con mayor o menor fortuna, su trabajo siempre supone un chute de adrenalina necesario, con el que al menos, se consigue disipar un tanto el hastío provocado por la mayoría de producciones, insertadas en el algo oxidado engranaje de nuestro bendito planeta cine.

 

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