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Crítica a “Rogue One: Una Historia de Star Wars”, agradable reencuentro con viejas sensaciones.

Hace mucho tiempo, en una galaxia no tan lejana, los seguidores de Star Wars caminaban al unísono, con la cabeza muy alta, autorrealizados bajo el amparo de un producto ganador, del que apenas afloraban leves fisuras, insuficientes para minar ni un ápice, la resistencia de los defensores de tan colosal imperio galáctico.

Todo eso ocurrió entre finales de los 70, y principios de los 80 del Siglo Pasado, un periodo de entusiasmo extendido durante algo más de quince años, que culminaba con una nueva trilogía, perpetrada a las puertas del nuevo milenio, para mantener intacta una llama que, pese a quien pese, amenazó con apagarse bajo el aliento verde de un croma tan incesante como agotador.

Llegados a la época actual, casi cumplido el cuarenta aniversario del estreno de la cinta original, y con el reciente Episodio VI dividiendo el ánimo del respetable, la infecta factoría Disney, propietaria de los derechos tras la espantada de George Lucas, contraataca con una nueva linea de acción, que entre otras cosas, busca plantear una nueva esperanza para la franquicia.

A los mandos de la historia, insertada entre los Episodios III y IV, se encuentra Gareth Edwards, responsable de Monsters (2010), y de la infravalorada Godzilla (2014), un realizador entusiasta, ideal para volcar su particular energía, que luce especialmente brillante en las escenas de acción, muy bien ensambladas en el esqueleto de un film que debe luchar continuamente contra el estigma de un argumento conocido, el cual combate con ciertas dosis de progresiva oscuridad formal, y una serie de guiños, a veces quizá demasiado cinéfilos, o solo apto para fanáticos, destinados a configurar una identidad que nunca consigue llegar a ser propia, pese al esfuerzo continuo de sus responsables.

Seguramente, en la cúspide de ese mencionado gozo cinéfilo, se encuentra la presencia del mítico Peter Cushing, resucitado algo más de veinte años después de su muerte, para dar vida nuevamente a Moff Tarkin, gracias a la magia de lo digital, que finalmente, parece haber avanzado lo necesario para mantener en pantalla, la credibilidad de tan complejo proceso.

En la misma onda, la aparición de Lord Vader, del que se echa en falta, como no podía ser menos, la voz del desaparecido Constantino Romero en el doblaje, ayuda a completar esos breves, pero intensos momentos, que indudablemente, serán muy celebrados por los mejores aficionados de Star Wars.

Hablando meramente del reparto, destacar la entrega de Felicity Jones y Diego Luna, así como la presencia de secundarios de la talla de Mads Mikkelsen o Forest Withaker, simples destellos de un reparto multicultural, que con cierto descaro, busca contentar a sus potenciales clientes árabes y asiáticos.

En los apartados técnicos, el cambio de compositor, que sitúa a Michael Giacchino ante la misión imposible de sustituir a John Williams, resulta al principio algo perturbadora, para posteriormente afianzarse con cierto equilibrio, ayudado por la partitura original en momentos clave, algo que le permite salir airoso, no al nivel de lo conseguido con Star Trek, pero suficiente para obtener el aprobado general en tan complejo encargo.

Por último, y con la sensación de que Rogue One solo gustará a los más lejanos seguidores de La Saga, esos que, como un servidor, rondan ya los cuarenta años, cabe recomendar el film como un agradable reencuentro con viejas sensaciones, algo que muchos daban ya por perdido, y que por fortuna, aún se encuentra latiendo en el corazón de tan incomparable imaginario de fantasía.

 

 

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