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Crítica a Molly’s Game, Aaron Sorkin sube la apuesta y debuta como realizador.

Una de las grandes injusticias que ha generado desde su origen el cine, por su importancia suprema en el proceso creativo de cualquier producción, ha sido situar, en un segundo plano de protagonismo, la figura del guionista, una pieza clave que en última instancia, se sitúa como uno de los indiscutibles responsables en el resultado final de cualquier trabajo que se precie.

Justo en ese terreno, el norteamericano Aaron Sorkin es de esos casos extraños dentro del caprichoso planeta cinematográfico, el haber conseguido hacer valer su nombre como hacedor de historias, dice mucho a favor de su talento, bien contrastado a lo largo de algo más de veinte años de profesión, periodo en el que puede presumir de haber realizado guiones tan destacados como La Red Social o Steve Jobs.

Precisamente, y para su debut tras la cámara con Molly’s Game, Sorkin recoge todo lo aprendido a la sombra de directores de la talla de David Fincher, al que le une un estilo de elegancia y planificación, heredado también de su intensa experiencia televisiva, como creador de series tan celebradas como El Ala Oeste de La Casa Blanca, o la mas reciente The Newsroom, responsables directas del notable subidón que vive dicho formato en la actualidad.

A partir de las memorias de la propia Molly Bloom, Sorkin aporta fascinación a un relato verosímil, el cual construye sobre los sólidos cimientos de unos diálogos cultos, precisos y bien afilados, factor de indudable calidad para una historia que versa sobre el éxito, factor que casi siempre resulta asociado al género masculino, por exigencias de una sociedad excesivamente falocéntrica.

Dicho lo cual, puede que no estemos ante el primer ejemplo de mujer fuerte e independiente del celuloide, pero también resulta indudable que la señorita Bloom puede por si sola enarbolar su particular bandera feminista, lo cual aporta un valor añadido al trabajo de Sorkin, por el buen gusto y lo inteligente de un planteamiento ganador, al que solo se le puede reprochar cierto exceso en la duración, que se excede rondado las dos horas y media de metraje.

Mención aparte merece Jessica Chastain, suyo es el triunfo de hacer convincente a Molly Bloom, que incluso cuando hace las veces de narradora, con esa deseada y omnipresente voz en off, sabe colocar la postura y la mirada perfectas, escenificando un trabajo impecable, al que acompañan, desde el plano secundario, un competente Idris Elba, y la veteranía de Kevin Costner, arropando la estrella de la verdadera Reina de Corazones de la función.

Finalmente, resulta imposible no pensar, encontrándonos ante un film que tiene al póker como hilo conductor, en su relativa cercanía a uno de los títulos que mejor ha tratado al más universal de los juegos de habilidad, Rounders, de John Dahl, con la que Molly’s Game comparte forma y parte del contenido, siempre sujeto a un adecuado marco de cine negro, perfecto para desarrollar la ambición como motor de una historia bien calibrada, con algunos defectos de ritmo, propios en todo debutante primerizo, pero altamente recomendable como vistoso y sofisticado vehículo de calidad.

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