Crítica a ‘Green Book’ : Paseando a Don Shirley con elegancia, sin pisar el acelerador.

Vivimos tiempos de excesiva corrección, son tantos los altavoces que promueven los diferentes movimientos que reivindican esto y aquello,  que Hollywood, en su infinita hipocresía, siempre toma la iniciativa para ponerse en cabeza de carrera, a la hora de defender cualquier moda o tendencia que este de plena actualidad. 

No se trata de deslegitimar causas tan nobles como el feminismo o el black power, que indudablemente, merecen ese derecho a la igualdad, tras innumerable tiempo chupando rueda, el conflicto en El Séptimo Arte, surge cuando todo esto afecta a la libertad creativa de la mayoría de producciones, demasiado tendentes a mostrarse cansinas o repetitivas, dando vueltas en círculo sobre ideas en exceso sobreexplotadas. 

Basada en hechos reales, la primera sorpresa que ‘Green Book’ plantea, al menos a nivel cinéfilo, es la presencia de Peter Farrelly, el mayor de los famosos Hermanos Farrelly, en tareas como guionista y realizador en solitario, por primera vez en su carrera, y bastante alejado del tono gamberro y desenfadado, que acompañaba su particular filmografía hasta la fecha. 

La historia de Don Shirley, un elegante y diestro pianista de color, del que Igor Stravinsky llegó a decir que su virtuosismo era digno de los dioses, y su curiosa relación con Tony Vallelonga, chofer de origen italiano y formas de barrio poco ortodoxas, es conducida por el subgénero de carretera, con un aspecto tan cálido y confortable, como el que proporciona la imagen de ese Cadillac DeVille azul celeste, transitando por las geografía norteamericana de principios de los años 60 del Siglo Pasado. 

Un paseo de velocidad controlada, que huye consciente de los conflictos que podría generar ese libro verde, que da nombre al título, sin desarrollar de forma pronunciada los factores raciales o de carácter sexual, que harían del film un drama solido, más preocupado por capturar ese aroma clásico, que incluye cierto tono nostálgico, e incluso autobiográfico por parte de Farrelly, respecto a lo que suponía pertenecer entonces a la comunidad italoamericana. 

Pese a la contraindicaciones, cabe destacar que el principal valor del film reside en su capacidad para cohabitar en una época en la que las películas se presentan todas técnicamente impecables, e incluso deslumbrantes, pero faltas de entusiasmo, algo que sus responsables han sabido resolver, ingeniándoselas para despertar algún que otro sentimiento genuino, gracias sobre todo al enorme trabajo de su duo protagonista, unos Viggo Mortensen y Mahershala Ali en estado de gracia, absolutamente implicados en dar vida a sus respectivos personajes, mas allá del típico dibujo convencional. 

Finalmente, esta revisión a la inversa de ‘Paseando a Miss Daisy’, funciona como una road movie plena de esa corrección mencionada, algo que la aleja bastante de lo memorable, pero que gracias al trabajo de sus actores, y a saber tocar con cierta habilidad algunos resortes emotivos, cercanos a cierto costumbrismo familiar, se las arregla para convertir su travesía en algo cómodo y relativamente placentero. 

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