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Crítica a El instante más Oscuro: Gary Oldman resucita a Winston Churchill

A la espalda del famoso Big Ben, frente a la Abadía de Westminster, y con el Parlamento a escasos metros, en pleno corazón de Londres, se encuentra la estatua de los primeros ministros ingleses más destacados, y de entre todas ellas, es sin duda la de Winston Churchill la que más llama la atención del visitante, por su evidente relevancia histórica, y su relativa cercanía temporal, figura clave indiscutible de un momento crítico, que estuvo a punto de cambiar el destino de Europa en plena Segunda Guerra Mundial.

Era lógico esperar, que un personaje tan destacado acabara ocupando su espacio cinematográfico, como protagonista absoluto de unos hechos insinuados ya por otras producciones, que entre Discursos del Rey o evacuaciones en Dunkerque, ya hacían notar, recientemente, algunos de los encuentros o episodios acontecidos alrededor de tan oronda y característica silueta.

A los mandos se encuentra el director Joe Wright, uno de los valores más fiables del cine británico, responsable de joyas del calibre de Expiación, y por tanto, el candidato perfecto para regresar a 1940, como cronista de un periodo del que salió más que airoso hace apenas unos años.

Desgraciadamente, Wright parece abrumado por el peso de la responsabilidad, su pulso es tibio, y particularmente torpe cuando se trata de escenificar los asuntos domésticos de Churchill, todo se muestra convencional, académico, hilvanado para contentar al respetable asumiendo los mínimos riesgos posibles, plasmando por tanto, una preocupante falta de ambición.

Mención aparte merece la caracterización de Gary Oldman, que incluso bajo la capas de maquillaje, consigue acercarse tanto al personaje, que no es que limite a interpretar a Winston Churchill, sino que sencillamente, consigue convertirse en él, adoptando toda una serie de gestos y maneras, que sin duda, configuran el principal hallazgo del film.

Acompañan en el reparto a Oldman, una muy veterana y algo excéntrica Kristin Scott Thomas, y una correcta Lily James, que parece ocupar el lugar nostálgico que Wright hubiera entregado indudablemente a Keira Knightley, la musa de sus películas más recordadas.

En los apartados técnicos, Dario Marianelli aporta, batuta en mano, su habitual trabajo de calidad, como compositor de cámara del realizador, que aquí se posiciona esforzado, peleando contra unos elementos menos favorables a los que suele acostumbrar este binomio ganador.

Finalmente, este biopic de época, será justamente recordado por el brillante trabajo de su protagonista, pero no tanto por lo que se suele esperar en este tipo de producciones, despertando la sensación de oportunidad perdida, la cual recorre el metraje de una obra que se deja ver con agrado, pero que en ningún caso, consigue acercarse al terreno de lo memorable.

 

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