Crítica a ‘El Hombre que mató a Don Quijote’: La insufrible hazaña de Terry Gilliam

Creo que fue allá por el Siglo XVII, cuando Calderón de la Barca estrenó “La Vida es Sueño”, obra literaria cumbre del barroco, presentada entonces como exitosa pieza teatral, cuyo tema principal es la libertad del individuo para configurar su vida, sin dejarse llevar mansamente por el destino.

La relación de ‘Don Quijote de La Mancha’, la inmortal obra de Miguel de Cervantes, con el cine no deja de ser un asunto relacionado con lo imposible, en la memoria, el esfuerzo titánico del maestro Orson Welles por llevarlo a la gran pantalla, llegando a fallecer en el transcurso de un trabajo inconcluso de varias décadas, y del que llego a ocuparse finalmente su amigo Jesús Franco. El Quijote de Welles vio finalmente la luz a principios de los años 90 del siglo pasado, justo cuando aquella mítica serie de TVE, interpretada por unos insuperables Fernando Rey y Alfredo Landa, y curiosamente también inconclusa, nos había dejado las mejores imágenes jamás filmadas sobre el personaje y su fiel escudero.

Sufriendo una odisea parecida, y tras 25 años de espera, el director Terry Gilliam ve cumplido el objetivo de estrenar un proyecto personal, que durante ese tiempo ha sufrido toda suerte de vicisitudes, llegando a perder en el camino a los Quijotes originales, el francés Jean Rochefort, y el británico John Hurt, así como a Johnny Depp, el protagonista original, que en algún momento, tuvo entre otros, a Ewan McGregor como recambio, y soportando una serie de intentos de rodaje sumidos en la desgracia, entre inundaciones varias, actores que enfermaban, aviones de combate que irrumpían en la escena, hechos todos recogidos en el documental ‘Lost in La Mancha’ (2002), en base al material de ese intento fallido por llevar a cabo el largometraje.

Finalmente, el también británico Jonathan Pryce, con el eco de ‘Brazil’, brillante distopía que configura, la que posiblemente es la mejor película del realizador, se ha enfundado el traje a medida del ingenioso hidalgo, con más ilusión que dominio, acompañado por un cada vez más en boga Adam Driver, y un reparto internacional que incluye algunos rostros conocidos de nuestro panorama fílmico.

Todo ello con la clara intención de adaptar el archiconocido texto cervantino a la época actual, respetando los episodios más destacados de la obra, pero introduciendo una serie de obsesiones marca de la casa, que transitan desde el delirio de lo más agotador, a un costumbrismo castizo que seguramente, y de habernos resultado más ajeno, quizá podría haber reducido un tanto el nivel de esperpento que Gilliam expone.

Factores todos ellos sometidos a un argumento errático, que apunta algunas ideas interesantes de inicio, entre el auto homenaje y un metacine vanguardista que desgraciadamente, queda difuminado en favor de un nivel casi intolerable de excentricidad, capaz de sacar de quicio al cinéfilo más paciente, por no hablar del efecto devastador que puede provocar en el espectador medio, que no tenga ni idea de a que se enfrenta, sometido al yugo alucinado de tan peculiar autor.

Por último, y volviendo al origen de estas lineas, no se puede reprochar a Terry Gilliam haber perseguido su sueño hasta las últimas consecuencias, su Hombre que Mató a Don Quijote debe haber sufrido tantos cambios en todo este tiempo, que todo queda reducido al milagro que supone verla finalmente expresada en imágenes, sencillamente porque este caos encaja muy bien con el espíritu del ingenioso hidalgo, y por tanto, se puede reducir a un hecho incuestionable, que el realizador norteamericano ha coronado una hazaña digna de caballero andante, golpeando con furia una y otra vez a la fatalidad, hasta conseguir demoler los obstáculos del camino, y solo por eso, y pese a que este, su último trabajo, sea un insufrible disparate del todo olvidable, merece, al menos a nivel poético, el máximo de los reconocimientos.

 

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