Crítica a El Sacrificio de un Ciervo Sagrado. Lo último de Yorgos Lanthimos.

Corría el año 1997, cuando una parte de la masa cinéfila, acudía movida por el entusiasmo de la crítica a ver Funny Games, del austriaco Michael Haneke, uno de los mayores farsantes, con permiso del danés Lars Von Trier, que ha parido el celuloide contemporáneo europeo.

La cinta, movida por un exceso de pretenciosidad casi indecente de Haneke, arruinaba su interesante y criminal propuesta, con una total ausencia de empatía, alargando hasta lo insoportable su mirada contemplativa, que lejos de agitar conciencias en sus momentos más impactantes, solo despertaban sopor y desinterés.

Justo han pasado veinte años, y la llegada del nuevo milenio nos ha dejado versiones sofisticadas de las figuras mencionadas, de Trier, señalar a su compatriota Anders Thomas Jensen, y a Haneke, bien se le podría cobijar bajo la sombra del griego Yorgos Lanthimos, un director igualmente multipremiado, muy a contracorriente, que con apenas unas pocas películas, entre las que destacan Canino y Langosta, ha conseguido hacerse un hueco en el panorama fílmico actual.

Como punto a favor, que marcaba la diferencia, a Lanthimos le movía hasta el momento un interesante e incesante torrente de humor negro, que si bien a veces se mostraba en exceso básico y muy surrealista, dejaba entrever el talento de un tipo comprometido en alcanzar ese concepto de máxima originalidad, tan ansiado por todo autor que se precie de ser mínimamente considerado.

En la la búsqueda de encontrar nuevas vías con las que sorprender al respetable, y mantener el interés de su obra, el realizador griego ha borrado ese humor de un plumazo, para perpetrar el sacrificio de este ciervo sagrado, un trabajo de terror psicológico, que contiene un indivisible factor sobrenatural a su causa, elemento que, por otra parte, el espectador tiene que aceptar, casi sin explicación ni concesiones, para poder entrar de lleno en su complejo juego de luces y sombras.

Lo que en Langosta era apenas un apunte, que compartía escenario y pasillos de hotel, en forma de homenaje a El Resplandor, se torna aquí como toda una declaración de intenciones, que en todo momento persigue esa frialdad Kubrickiana, precisa, de cirujano, y la sucesión continua de planos secuencia sin cortes, y otros espaciales muy inquietantes, que demuestran el talento de Lanthimos para la puesta en escena, en un desarrollo narrativo que mientras se mueve por esos intrincados laberintos físicos y morales, conseguirá al menos despertar el interés hipnótico, de los nostálgicos de esa perfección obsesiva en la gran pantalla.

Otro de los logros que apuntar a la fundamentos de este ciervo sagrado, es el haber recuperado la obscenidad en el arte, tan herida de muerte en nuestros tiempos, poder observar la intimidad en pareja, o el uso de un lenguaje lascivo, que se atreve incluso a penetrar en el siempre espinoso asunto de la sexualidad adolescente, son factores que suman incomodidad argumental, a un planteamiento que persigue el horror de lo cotidiano como principal objetivo.

En la parte interpretativa, destaca el compromiso de Nicole Kidman, en un loable esfuerzo por recuperar sus mejores registros dramáticos, bien acompañada por un Colin Farrel que repite protagonista con el realizador tras Langosta, al que ya une una evidente complicidad. Completa el triángulo actoral un muy convincente e inquietante Barry Keoghan, al que recientemente pudimos ver en Dunkerque, y al que sin duda, y a partir de ahora, habrá que seguir la pista como joven talento en alza de un futuro inmediato.

Finalmente, y volviendo a lo expuesto al inicio, queda bastante claro que estamos ante una producción que provoca sentimientos encontrados, el cine de autor europeo existe para generar controversia, y el cinéfilo, escoge por quien se deja irritar, en base a criterios propios, detalles tan puntuales como que la tragedia la inventaron los griegos, pueden llegar a justificar el film de Lanthimos, algo que unido a los esforzados homenajes, en este caso, al que sin duda es el mejor director de todos los tiempos, consigue compensar defectos, casi todos derivados de su ser pretencioso, y completar otro título de interés, en el peculiar universo creativo del realizador heleno.

 

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