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Crítica a Detroit, la última película de Kathryn Bigelow.

Llega un momento en la vida de todo realizador de cierto prestigio, en que mirar al pasado, como mejor reflejo con el que ilustrar la realidad presente, se vuelve algo de lo más natural, sumado a ese bien sabido interés general que suele tener el planeta cine, por los sucesos basados en hechos reales, que tanto gusta a Hollywood recrear en la gran pantalla.

Cerrada ya su etapa en Irak, con Bin Laden muerto y enterrado, la directora Kathryn Bigelow centra su foco en otro conflicto, el de los disturbios raciales que azotaron buena parte de la ciudad de Detroit, a finales de los años 60 del siglo pasado, impulsada por esa buena y laureada estrella que la contempla, y convertida a estas alturas, por derecho propio, en una rara avis triunfadora dentro de su profesión.

A partir de un guión de Mark Boal, escritor habitual de la realizadora, el film de divide en tres actos muy bien diferenciados, que transitan desde el inicio de las revueltas, originadas por una redada policial en un club sin licencia, para situarse desde ese caos urbano, en el interior del motel Algiers, donde la pesadilla de la desigualdad toma verdadera forma, y se presentan, con mayor contundencia, por su exposición al terror, a unos personajes cuyas motivaciones se posicionan desde el odio, hasta el mero instinto por la supervivencia.

Es en ese punto, donde Bigelow se hace fuerte, con un deslumbrante dominio técnico de la situación, bien apoyada en sus otros habituales, William Goldenberg en el montaje, o Jamie Hardt en la edición de sonido, sin olvidar el trabajo de fotografía de Barry Ackroyd, factores claves de calidad máxima, con los que la directora consigue potenciar, con mucho nervio, una experiencia que sin duda, sabe agitar la conciencia del espectador, consumando lo que se suele definir como un ejercicio de estilo ganador.

En contra, un final algo más convencional, que resta fuerza a lo narrado hasta ese momento, quizá por la búsqueda de cierta redención formal a lo expuesto anteriormente, o sencillamente, porque es bastante difícil mantener el nivel de su acto central, en cualquier caso, se echa en falta algo más de explicación sobre el fin del conflicto en las calles, que prácticamente pasa del todo a la nada.

En el reparto, resulta un acierto no haber recurrido a ninguna estrella conocida, nos suenan muchos de los actores, todos ellos impecables en sus roles, pero casi nadie podrá colocar su nombre en otra producción, – salvo quizá el de John Boyega – a no ser que recurra a la típica base de datos. De todos ellos, Will Poulter (El Renacido) sale ganador, construyendo un villano sumamente convincente, que consigue la máxima indignación del respetable con cada uno de sus actos.

Finalmente, y celebrando nuevamente el poder femenino de Bigelow, en esa tierra hostil dominada casi exclusivamente por hombres, hay que conceder a Detroit su valor como trabajo veraz y oportuno, su estreno coincide con la absolución de un agente de policía de San Luis, que en 2011 asesinó a un joven de color, colocando pruebas incriminatorias que se han demostrado falsas, lo que ha vuelto ha provocar protestas y tumultos varios en las calles de dicha ciudad de Misuri. Un caso para nada aislado, que viene a demostrar la vigencia de un asunto, del que seguro, y por desgracia, se seguirá hablando dentro de otros 50 años.

 

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