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Crítica a “Déjame Salir”: La Blumhouse mantiene la fe en su marca.

La fórmula de la Blumhouse, un presupuesto bajo, apenas 9 o 10 millones de dólares, entregado a una historia de máxima atracción para el público, combinación que ha permitido rescatar al mismísimo M. Night Shyamalan de las garras del infierno, o colocar al malayo James Wan en órbita, se postula como el mayor triunfo de la industria Hollywoodiense desde el inicio del nuevo milenio, gracias a el enorme éxito de taquilla que estas sencillas producciones suelen generar.

Al mismo tiempo, y quizás con mayor importancia, esta subdivisión para asuntos de suspense y terror, creada en un principio para no empañar el mítico legado de La Universal, sirve como cantera de nuevos talentos, que como muestra, tiene al aquí debutante Jordan Peele, que también ejerce labores en la producción, y como guionista en solitario, en lo que posiblemente, es el nacimiento de un realizador al que habrá que seguir la pista.

Rose, una guapa chica blanca, pide a su novio Chris, un prometedor fotógrafo afroamericano, que visite a su acomodada familia, con el fin de afianzar aún más su relación. Una vez llegan a su destino, el joven comienza a percibir un extraño nerviosismo, dentro de una aparente calma formal, que en un principio, atribuye al lógico contraste interracial.

Manejando con una inusual habilidad lo recursos a su alcance, Peele juega desde un primer momento con la desconfianza, que crece como continua amenaza a medida que se va desmadejando un argumento, desarrollado en ese escenario único tan habitual en el género, que se beneficia con la inclusión de unos inquietantes primeros planos, con los que consigue generar una mayor tensión, y en un aspecto visual muy cuidado, sobre el que se permite desarrollar ciertos hallazgos narrativos.

Por contra, y sin ser del todo despreciable, las conclusiones del film, una vez descubiertos todos sus secretos, abusa de cierto exceso, y de algún personaje caricaturesco con demasiado protagonismo, factores que tampoco empañan el buen hacer de un trabajo modesto, diseñado para satisfacer, en mayor o menor medida, a una audiencia más bien despreocupada.

Del reparto, mencionar la reaparición de Katherine Keener, una de las musas del cine indie a finales de los 90, que siempre cumple a un nivel notable en su contribución, punta de lanza de un grupo de actores, que puede presumir de buenos registros en el plano secundario, como el de un Caleb Landry Jones ideal siempre en perfiles ambiguos, e incluso en el protagonismo de un más que convincente Daniel Kaluuya, que en todo momento, expresa de forma creíble el particular descenso a los infiernos que experimenta su personaje.

Finalmente, “Déjame Salir” suma otro título ganador a la Blumhouse, las cifras de recaudación en USA así lo demuestran, seguramente, porque ha sabido aprovechar ese momento sensible que atraviesa actualmente la sociedad norteamericana, que acoge de buen grado cualquier tipo de historia de corte racial, que de algún modo, ayude a alejar el fantasma de la segregación, algo que, incluso insertado en tan habitual producto de consumo, puede, por su enorme alcance, funcionar como una peculiar terapia de choque, que quizá, logre generar una mayor tolerancia.

 

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