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Critica a “Crudo”. El Club Kafka.

Hace ya bastante tiempo que Europa está a la vanguardia del cine extremo, una variante del género de terror, que busca el realismo como motor con el que agitar conciencias, terreno en el que la cinematografía francesa, ha sabido jugar con ventaja desde principios del nuevo milenio.

Lastrada por una engañosa campaña de marketing, que intenta vender el producto como un vehículo destinado a provocar desmayos e histerias colectivas, “Crudo” es en realidad una fábula sobre ese difícil periodo que es la adolescencia, mientras se adereza con otra serie de elementos, que la completan como un extraño relato de fantasía, cercano a veces a la más perturbadora de las pesadillas.

Justine ingresa como estudiante modelo en la facultad de veterinaria, de la que todo su núcleo familiar es o ha sido miembro, tras sufrir una serie de novatadas, propias de cualquier iniciado, y pese a ser vegetariana, se ve obligada a probar la carne, lo que provocará en ella una extraña reacción.

El film supone el primer largometraje de la directora Julia Ducournau, a partir de un guión original propio, escrito en solitario, algo que intensifica el valor de tan sorprendente debut, guiado a partes iguales por un inusual pulso narrativo, sumado al desparpajo y su buen hacer tras la cámara, escenificado en un buen puñado de escenas de enorme potencia visual.

Por el metraje, transitan los ecos de la magnífica “Videodrome” (1982), del canadiense David Cronenberg, cuya esencia se destilaba a través del concepto de “La Nueva Carne”, donde el cuerpo humano se presentaba como un mero soporte para una kafkiana metamorfosis.

Precisamente, la realizadora tiene muy presente tan reconocible obra de Kafka, en el desarrollo de su personaje principal, una esforzada y creíble Garance Marillier, que ejecuta su particular descenso a los infiernos, con la incuestionable química que se percibe en su relación con Ducournau, complice segura en tan compleja exploración de sus más primarios instintos.

En contra, algún aspecto contemplativo, que hace recordar lo pretencioso que resulta generalmente el cine galo, una marca que por suerte, queda bastante difuminada en producciones de corte agresivo, que siempre se muestran más auténticos, en su comparación con los productos manufacturados que Hollywood suele ofrecernos.

Finalmente, cuesta mucho recomendar la cinta a cualquier público, queda bastante claro, viendo como muchos abandonaban la sala, que la mayoría despreciarán su carácter transgresor, mientras que otros , los menos, entre los que se encuentra un servidor, apreciarán su originalidad y su talento expositivo para el exceso, lo cual culmina un trabajo, que bien podría ingresar en ese selecto Club Kafka, espacio ficticio en el que, de forma incuestionable, el maestro Cronenberg se postularía como Sumo Sacerdote.

 

 

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