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Crítica a “Carol”

 

Resulta bastante probable, tras ver la última adaptación al cine de una novela de Patricia Highsmith, que a muchos les resulte ajeno, o excesivamente hermético, tan singular universo, más aún cuando en esta ocasión, no se trata de encajar un relato negro, que reúna a extraños en un tren, o intente medir, en sus diferentes edades, el peculiar talento de Mr. Ripley.

Vivimos tiempos confusos, de dudoso regreso a un clasicismo moral, impropio de una supuesta era moderna, donde ya deberíamos habernos sacudido rémoras como la que arrastra Hollywood desde hace algo más de ochenta años, y que tristemente, aún parece vigente en nuestros días.

Me refiero al Código Hays, que para quien no lo sepa, marca un estricto decálogo moral en la Meca del Cine, donde los contenidos homosexuales, definidos literalmente como perversos, deben ser ignorados o despreciados por los grandes estudios, permitidos solo cuando se se consiga criminalizar, de forma nítida, al sujeto en cuestión.

Parece impensable que algo así pueda haber llegado intacto hasta nuestros días, pero son escasos los títulos que, bajo el abrigo de una distribución holgada, y filtrados con cuentagotas, consiguen asomar y armar ruido con verdadera contundencia, lo que demuestra la existencia no escrita de ese código en los más poderosos despachos de producción.

Ambientada en los años 50 del siglo pasado, una época de profundos cambios políticos y sociales, que curiosamente, consiguen provocar cierto escalofrío por su similitud con la situación actual, el último film de Todd Haynes funciona como una armoniosa pieza de cuidada artesanía, que en último extremo, pretende mostrar lo profundamente hipócrita que puede volverse la sociedad, cuando ve amenazada su posición de bienestar, con lo que la mayoría moral establecida puede considerar como inaceptable.

Así, la historia de amor lésbico entre dos mujeres de distinta edad y posición social, es tratada por Haynes con suma delicadeza, escondida bajo cristales, algunos de ellos oscuros y perturbadores, que casi nunca devuelven esa mirada limpia que portan sus protagonistas, atrapadas bajo una realidad que no les permite expresar sus sentimientos con total libertad.

Varios factores de incontestable calidad confluyen en la obra, más allá de la excelente realización que contiene la cinta, la primera, contar con dos actrices implicadas de la talla de Cate Blanchett y Rooney Mara, con mención especial para la segunda, porque la elegancia y el buen hacer de la australiana ya no es una sorpresa, pero lo de esta joven actriz pasa por la confirmación de lo que algunos sospechamos tras el Millenium de David Fincher, su descubridor, que tan desorbitado talento la erige como una de las interpretes más solidas para un futuro, que parece bastante seguro le pertenece.

Los otros elementos, se encuentran insertados en los apartados técnicos, que pueden presumir de un adecuado trabajo de fotografía, con un vestuario y unas localizaciones algo minimalistas pero muy efectivas, que consiguen transportarnos al terreno genuino que persigue la obra, coronada con la primorosa batuta de Carter Burwell, habitual de Los Hermanos Coen, al frente de otra composición sobrada de grandilocuencia.

Para concluir, solo queda recomendar “Carol” a los paladares cinéfilos más exquisitos, si como se suele decir, lo que cuenta es el final, pocos podrán pasar por alto la última secuencia, paradigma de colofón perfecto, sobrado de elocuencia, que demuestra que Haynes ha sabido interpretar a la perfección el aliento de una historia que merecía ser contada con exactitud y sutileza, estilo perfecto con el que intensificar el alcance de su mensaje.

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