Crítica a Café Society, regresa el Woody Allen más nostálgico.

“La vida es una comedia escrita por un cómico sádico”.

Así, con una de sus típicas frases para el recuerdo, implícita en la propia película, presentaba el maestro Woody Allen su último trabajo en el pasado Festival de Cannes, con la vitalidad impropia de un octogenario que lleva alrededor de cincuenta años en ese negocio de hacer cine, convertido, por derecho propio, en uno de los pocos genios capaces de convertir sus obras en verdaderos tratados sobre la inteligencia.

Fiel a su cita anual, el film número 47 de Allen, supone un regreso consciente a esos deseados años 30, que tanto se han prodigado a lo largo de su filmografía, escenario prefecto sobre el que desarrollar, con grandes dosis de virtuosismo y elegancia, esa clásica histórica romántica que para la ocasión, viste sus mejores galas, bien apoyada en la narración en off del propio realizador, perfecta para apuntalar todos los detalles de un retorno al pasado, que contempla en su estructura un homenaje continuo a la Época Dorada de Hollywood.

Administrando con mano firme todos los recursos a su alcance, entre los que sobresale la siempre magistral paleta de colores de Vittorio Storaro en la fotografía, la fórmula de Allen sobre la comedia, que es igual a tragedia más tiempo, encuentra la posibilidad de mostrar un aspecto oscuro y descarnado en la trama, insertando un hilo argumental sobre el por entonces omnipresente mundo del hampa, que curiosamente, parece menos violento, o cuando menos más relajado, que los certeros vaivenes emocionales que expresan sus protagonistas.

Todo ello sin perder de vista algunas de las particulares obsesiones que han hecho grande el cine del maestro, de su amado Jazz a las habituales reflexiones religiosas que como no podía ser de otra forma, tienen al judaísmo como motor central de un desarrollo que, ciertamente, soporta algún altibajo, en parte derivado de ese contraste entre ciudades, Nueva York y Los Ángeles, en la que, como era de esperar, acaba ganando la partida su querida Gran Manzana, con una imagen icónica para el recuerdo, esta vez en color, del mítico Puente de Brooklyn, una momento que seguro, deslumbrará a los más devotos seguidores de tan incomparable autor.

Del reparto, destaca la incursión de Jesse Eisenberg como perfecto álter ego de Allen, en su segunda colaboración tras “A Roma con amor”, pero asumiendo en esta ocasión labores de protagonista absoluto, de ese triángulo que forma con la dos Verónicas, Blake Lively y Kristen Stewart, dos actrices que recuerdan lo gran director de actores que es el maestro neoyorkino, del que siempre se ha dicho, no sin razón, que es capaz de conseguir una buena interpretación hasta del actor más mediocre. Completa la siempre estimulante presencia de Steve Carell, cuyas formas encajan a la perfección en el particular universo del realizador.

Finalmente, la buena noticia es que, tras ochenta primaveras, el entusiasmo de Woody Allen se mantiene intacto, buena prueba de ello, es que prepara el desembarco de su primera serie de televisión a finales del mes que viene, “Crisis en seis Escenas”, ambientada en la convulsa Norteamérica de los años sesenta, una periodo que conoce bien de su etapa como humorista, previo a su debut como cineasta.

Un nuevo retorno como cronista a una época pretérita, que seguramente, y como ocurre con Café Society, volverá a contener ese punto de nostalgia tan deseado, una marca de estilo presente en muchas de sus mejores obras, que considera que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sin caer nunca en el pesimismo, aspecto que el genial realizador sabe manejar con incontestable grandeza.

 

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