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Crítica a Apocalypse Now

APOCALYPSE NOW

El Horror, surgido del Corazón de las Tinieblas.

Hay películas bendecidas por un misterioso aliento, conferido desde la propia fatalidad, provocada en parte por un exceso de megalomanía, que acaba alcanzando, de forma irremediable, un punto de equilibrio donde solo existen dos posibilidades, el desastre comercial más absoluto, o el reconocimiento de crítica y público que, en el fondo, toda obra de tan excelso calibre suele merecer.

Con todo el prestigio, tanto económico como moral, que las dos primeras entregas del Padrino han supuesto para su carrera, el norteamericano Francis Ford Coppola, se embarca, en el segundo lustro de la década de los 70, en una cruzada personal extremadamente ambiciosa, que tiene como objetivo, culminar la mejor película de guerra jamás filmada, aportando para ello el máximo de recursos a una causa desmedida desde su propio origen fílmico.

Basándose en la novela “El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad, relato belicista ambientado en el África Colonial de finales del Siglo XIX, Coppola trabaja en la adaptación del texto con John Milius, brillante guionista, y pronto realizador, de esa obra maestra que es “Conan, El Bárbaro” (1982), estrenada apenas tres años más tarde. Juntos, consiguen extrapolar aquel periodo histórico, y trasladarlo al traumático conflicto de Vietnam, en un momento, en el que el las cenizas de todo lo acontecido en ese, hasta entonces desconocido, país del sudeste asiático, se encuentran aún candentes.

El enfoque de Coppola como realizador es sencillamente impecable, entendido desde un punto de vista muy cinéfilo, La Guerra de Vietnam solo es un marco, una excusa, todo gira en torno a la locura, esa que subyace de cualquier episodio bélico, el sufrimiento físico y mental que inflige a sus participantes, independientemente del bando que ocupen, y bajo ese razonamiento, la obra alcanza un nivel de absoluta calidad, que sabe esquivar, con notable y sobrada habilidad, todos los problemas derivados de una producción caótica, plagada de innumerables problemas, para erigirse finalmente, como una de las grandes piezas magnas de la Historia del Séptimo Arte.

“Esta no es una película sobre la Guerra de Vietnam, esto es Vietnam” (Francis Ford Coppola, en la presentación de la película en el Festival de Cannes)

Rodada casi en su totalidad en Filipinas, el viaje del Capitán Willard remontando el río, a la búsqueda de encontrar y asesinar al Coronel Kurtz, plantea un complejo trance espiritual, a través del infierno de la sinrazón, que culmina con ese encuentro, dotado de un portentoso y extraño simbolismo, en el que las luces y las sombras, envuelven a ese misterioso semidiós del caos, que inspira sabiduría y terror a partes iguales.

Imposible pasar por alto el momento del ataque al poblado vietnamita, por parte de la Primera División de Caballería Aerotransportada, comandada por el Teniente Coronel Kilgore, que en vez de caballos, usan helicópteros, mientras “La Cabalgata de Las Valkirias” de Richard Wagner, ejecuta ese factor psicológico previo, aportando la épica necesaria a una de las escenas mejor planificadas y filmadas de La Historia del Cine, y hablando de la banda sonora, el tema “This is The End”, del grupo “The Doors”, sonando desde el primer fotograma, mientras la selva se incendia consumida por el Napalm, configura otro de los logros más recordados de la película.

Sobre el reparto, muchos fueron los actores tentados inicialmente para el papel protagonista, de Robert Redford a Jack Nicholson, pasando por Al Pacino o Harvey Keitel, que llegó incluso a rodar algunas escenas, siendo despedido por Coppola debido a que, según su criterio, no daba la talla para el personaje. Finalmente un desconocido Martin Sheen se hizo con los galones de un Capitán Willard, que ya desde la primera escena, borracho y desquiciado en esa habitación del hotel de Saigón, en la que espera una misión que le saque del hastío, se gana a pulso liderar un elenco en el que destacan, con especial significación, dos aportes secundarios con la sombra de los Corleone aún presente.

“Yo quería una misión, y por mis pecados, me dieron una” (Capitán Willard)

La aparición de Robert Duvall, dando vida al Teniente Coronel Kilgore, es indudablemente uno de los grandes hallazgos del film, definido por Willard como ese tipo indestructible, portador de un código de honor tan estricto, como invadido por ese gen de la locura, que irremediablemente parece infectar a todos los personajes, expuestos al caos del propio conflicto que les ha tocado soportar.

“Que delicia oler Napalm por la mañana, una vez durante doce horas, bombardeamos una colina y cuando todo acabó subí, no encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda, que pestazo, a gasolina quemada, aquella colina, olía a….victoria” (Teniente Coronel Kilgore)

Lógicamente, si alguien merece un reconocimiento especial, ese es sin duda Marlon Brando, posiblemente el mejor actor de todos los tiempos, en otra aparición sobresaliente, en la piel de un Coronel Kurtz apoteósico, perfilado a su cuenta y riesgo, con decisiones personales, como aparecer por el rodaje con sobrepeso, o raparse la cabeza, cuando el guión especificaba lo contrario, y si no fuera suficiente, improvisar gran parte de los diálogos, en un continuo pulso con el realizador, por controlar absolutamente todas las facetas de su personaje. Por suerte, toda esa obsesión y desequilibrio, quedan impresos en una de las figuras más imborrables jamás perpetradas, buena muestra del infinito talento de su incomparable interprete.

“He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja, ese es mi sueño, más bien mi pesadilla, arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja” (Coronel Kurtz)

Apocalypse Now, obtuvo la prestigiosa Palma del Festival de Cannes en 1979, así como dos Oscar, a mejor sonido, y a mejor fotografía, por el excelente trabajo de Vittorio Storaro en dicho apartado, además de infinidad de reconocimientos internacionales, aunque quizá su mejor logro, sea aparecer siempre en la mayoría de listados profesionales, que la sitúan entre las veinte mejores obras cinematográficas de la historia. En 2001, Coppola presentó de nuevo en Cannes, un montaje de la película, con 49 minutos extra de escenas eliminadas y material inédito, en lo que se conoce como Redux, un añadido que lejos de distorsionar el contenido original, enriquece el producto de tal forma, que muchos de los asistentes al Festival de aquel año, lamentaron que las normas del certamen no permitieran premiar dos veces a la misma película.

Por último, y como capricho personal, que igualmente pretende configurar un broche de oro que haga justicia, a una de las obras maestras de mi vida, de esas que consiguen que entendamos porque llaman arte al mundo del celuloide, os dejo con el que, seguramente, es el monólogo más contundente de todos los pronunciados por Brando, entre la mencionada improvisación, y la catarsis auto infligida, con la que el actor enfocaba, de manera prodigiosa, todos y cada uno de sus trabajos.

 
“He visto horrores, horrores que usted ha visto, pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme, tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme, no creo que existan palabras, para describir, todo lo que significa, a aquellos que no saben que es El Horror, El Horror, El Horror tiene rostro, tienes que hacerte amigo del Horror, El Horror y el dolor moral deben ser amigos, si no lo son, se convierten en enemigos terribles,en auténticos enemigos, recuerdo, que cuando estaba en las fuerzas especiales, parece que han pasado mil siglos, fuimos a un campamento a vacunar a unos niños, dejamos el campamento, después de vacunarlos a todos contra la polio, un viejo vino corriendo, lloraba sin decir nada, regresamos al campamento, ellos habían ido y habían cortado todos los brazos vacunados, vimos allí un enorme montón de bracitos, y, recuerdo que yo, yo, yo lloré también como, como una abuela, quería arrancarme los dientes, no se que quería hacer, y me esfuerzo por recordarlo, no quiero olvidarlo nunca, no quiero olvidarlo, entonces vi tan claro, como si me hubieran disparado, disparado con un diamante, con una bala de diamante en la frente, y pensé, ¡Dios mío eso es pura genialidad!, ¡es genial!, tener voluntad para hacer eso, perfecto, genuino, completo, cristalino, puro, y entonces me di cuenta que ellos eran más fuertes porque podían soportarlo, no eran monstruos, eran hombres, tropas entrenadas, esos hombres, que luchaban con el corazón, que tenían familia, hijos, que estaban llenos de amor, habían tenido la fuerza, el valor, para hacer eso, si contara con diez divisiones de hombres así, nuestros problemas se resolverían en poco tiempo, se necesitan hombres con principios, que al mismo tiempo sean capaces de utilizar sus instintos, sus instintos primarios para matar, sin sentimientos, sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a si mismos, porque juzgar es lo que nos derrota”

(El Horror, por el Coronel Kurtz)

 

 

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